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Letras, fotografías y voluntariado: vulnerabilidad invisible de una vagabunda


Finlandia 2023: Laponia

Los colores de los árboles decoran las carreteras, es Ruska la época del año en la que ocurre el espectacular fenómeno del follaje otoñal: las hojas cambian de color y los árboles se preparan para invernar. El viento sopla, la luz juega con los tonos de las hojas, parecen bailarinas ensayando una coreografía que sólo los troncos pueden interpretar.

La emoción seguía latiendo en mi cuerpo cuando abrí los ojos, había visto mi primera aurora boreal ondulando en la bóveda celeste que se incendiaba de verde por instantes para apagarse lentamente y volver a arder unos segundos después. Una hoguera serpenteando en el cielo. El clima no reflejaba mi felicidad: gris, nublado y frío fue el camino que me llevó a Laponia, al círculo ártico.

Viajar en coche me permite hacer paradas en lugares no tan concurridos por turistas como el Li Environmental Art Park, un pequeño sendero decorado con artes abstracto de tonalidades ambientales. Seguí el camino con la compañía de árboles cada vez más dorados hasta llegar a Kemi con sus casas rojas y su catedral rosa que parecía querer alcanzar el cielo que por fin empezaba a revelar matices de azul.

Llegué al fin a Rovaniemi, la capital de Laponia y hogar de Santa Claus (al que decidí no ir a visitar). Preferí pasar el tiempo que tenía ahí en el Artikum, un museo lleno de información sobre el ártico y los problemas ambientales que enfrentan las especies y humanos que viven ahí. Cuando salí esperaba ver el cielo abierto, la noche la pasaría en un hotel iglú, tristemente las nubes no abrieron pasó a las estrellas, menos a una aurora boreal. Cené frente a una chimenea donde se cocinaba salmón de manera tradicional, yo probé por primera (y última) vez el reno. Dormí bajo la lluvia cubierta por una cúpula de cristal, las gotas entonaban una dulce canción de cuna mientras me absorbía el abrazo tibio de la cama que permitió a mi cuerpo agotado por fin descansar.   

Al salir temprano del hotel un nuevo sonido surgió del coche, al unísono una luz se prendió en el tablero. La temperatura de 3ºC implicaban un riesgo latente de hielo en la carretera y yo con llantas de verano. En la planeación del viaje verifiqué condiciones climáticas, debí saber que en el círculo ártico siempre hay riesgo de hielo… y nieve. Llegué a Kolari por una autopista fácil, pero camino a Ylläs empeoraron las condiciones. En una carretera que parecía de un sentido, pero era para dos, rodeada de nieve, sin pavimentar y con parches de hielo una casa rodante le pegó al espejo retrovisor. El miedo escalaba mi espalda. Lo único que temía de Finlandia eran condiciones de manejo como estas. ¡Lo único! Perdí el control de coche unos segundos mientras derrapaba por el hielo, traté de estabilizar el volante mientras el hielo arrebataba el control de mis manos. Sabía que se iba a terminar, respire por lo que parecieron horas y el hielo pasó. Cuando llegué a Ylläs una señora me dijo que a estas carreteras les llamaban “Nitro” porque, como eran cardíacas, había que cargar nitroglicerina para sobrevivirlas.

En la oficina de turismo del Parque Nacional Pallas-Yllästunturi pregunté por rutas para hacer senderismo mientras copos de nieve arropaban al coche que temblaba por la experiencia vivida. Esperaba que me dijeran que las rutas estaban cerradas por las condiciones climáticas, en cambio me dieron indicaciones. Esperaba que me dijeran que no era recomendable ir, pero cuando pregunte si podía ir en este momento, me contestaron “claro, ¿por qué no podrías?”, esperaba un pretexto para no caminar 5 km en una nevada, nunca me lo dieron. El miedo aún cascabeleaba por mi cuerpo, cualquier riesgo me parecía insondable. Sin embargo empecé a caminar. La nieve crujía bajo mis pisadas, la blancura me cegaba, pero caminé y con cada pisada el miedo menguaba. Entonces empecé a ver…

Pequeños puentes cruzaban riachuelos de agua cristalina, las hojas crepitaban al caer a mi alrededor, copos de nieve decoraban mi chamarra: una sinfonía invernal acompañaba mi camino. La belleza empezó a triunfar sobre el miedo y una delicia sensorial se esparcía desde mis dedos congelados hasta mi corazón colmado de calor. Al finalizar la ruta me senté con un chocolate caliente a ver nevar.

El camino de regreso no me pareció tan grave, valiente después de la mañana adrenalínica. Había conquistado el miedo. Las carreteras de Laponia son más rurales: sin pavimentar, angostas y a -3ºC semi congeladas, no fue fácil manejarlas, pero las vistas de árboles extendiéndose por kilómetros en soledad absoluta lo valen. Llegué cansada a Hetta pero el Parque Nacional Pallas me llamaba, las nubes se habían disipado y una cascada de rayos de sol mojaba el Tunturi (en español no encontré palabra, pero son montañas pertenecientes a la Cordillera Escandinava, que forma la «columna vertebral» de la península y se describen como montañas bajas, desnudas y redondeadas).

Subí a la cima donde una cabaña con leña y estufa espera ansiosa al senderista que la necesite. El gobierno de Finlandia construye y mantiene estas estructuras gratuitas en todos los parques nacionales, son sencillas, pero para el cansado y congelado parecen paraíso tropical. Me senté con el valle de Hetta a mis pies, pequeños destellos de amarillo y rojos se reflejaban en el lago plácido, un espejo que crea un infinito de belleza en duplicado. Cené en el único lugar abierto y me encerré en mi cuarto tibio a descansar.  Debatía si salir a fumar, al final ganó el cigarro y gané yo. Afuera empezó un espectáculo de auroras boreales. Sin nubes, sin contaminación de luz, sin sonido. Fue una danza refinada por el centellar de estrellas en la que comprendí el significado de lo etéreo.

Desperté eufórica, recibí instrucciones de ruta de la dueña del hotel que estaba preocupada por mis llantas de verano y me dirigí a la “granja” de Husky. Pagué el tour y el guía reconoció el acento, resulta que el había vivido en Barcelona muchos años y le gustaba hablar español. Así que el plan cambió, decidió sacar a pasear a los perros jubilados y durante las siguientes dos horas camine en la nieve con 3 perros viejitos, una joven que parecía saltamontes tratando de cazar copos de nieve y un inglés que me hablaba en español en el norte de Finlandia. Ya era tarde así que decidí tomar el camino más seguro, más monótono, pero mas seguro. Esta vez el miedo triunfó.  

En el camino pasé por el Tunturi Särkitunturi en donde admiré las mil tonalidades de amarillo reflejadas en su lago y por el Parque Nacional Lemmenjoki; cada parque tiene un sabor diferente: este sabe a pinos con abedules amarillos espolvoreando el paraje. Una delicia para el alma cansada. Pasé por Inari pero mi cuerpo ya pedía esquina. Llegué agotada a mi casita para los siguientes dos días. Cené en el “hotel” que se encontraba desparramado en varios edificios pequeños, para ir al baño de mi “cuarto/casa” tenía que caminar 20 metros bajo la lluvia. Me senté en la terraza a fumar, fue un día espectacular.

Desperté temprano y me fui a Inari, aprendí de cultura Sami, el pueblo originario de la región, y su relación con el entorno. “Lo sagrado es un signo de la estrecha relación de las personas con la naturaleza. Un lugar suele ser sagrado porque contiene tierras que producen las riquezas de la vida. En el nivel cotidiano, la espiritualidad significa ser uno con la naturaleza, porque la naturaleza comparte los mismos derechos que las personas sobre las tierras y las aguas. Debes hablar con la naturaleza y negociar con ella” (Museo Sami y Centro de la Naturaleza Siida). Comí en Aanaar, un restaurant que me permitió saborear la naturaleza; probé el bosque, la textura de sus senderos, la dulzura de sus ríos y lagos, comí la esencia de Finlandia. Para digerir el festín caminé por el sendero de Juutua y me tambaleé en el puente de los rápidos de Jäniskoski. El alma de este parque está llena de brío, es fuerza, es la retumbante vida.  

El Parque Nacional Urho Kekkonen me recibió con una llovizna que me hizo decidir por el sendero mas corto (3 km) pero la amplitud de la montaña (uso la palabra libremente, la más alta de Finlandia está a 1331 metros arriba del nivel del mar, esta a 718 metros), los colores que la encarpetaban y la frescura del viento al entrar a mis pulmones me pidieron más, caminé al final dos de sus senderos temáticos: Kiirunapolku sobre la perdiz de roca y Poropolku sobre los senderos que hacen los renos al pastar.

Cansada seguí mi camino a Luosto donde encontré la única atracción abierta que decidí visitar. La mina de amatista parecía una buena opción, cuando ya iba a la mitad del camino me di cuenta de que era un sendero de 5 kilómetros y ¡costaba la entrada! Ya estaba muy adentrada para dar vuelta atrás, así que pagué y lo disfruté. Salí con 4 amatistas en mi mano, el regalo del guía que vio mi emoción al excavarlas de la tierra. El camino al hotel fue hermoso. Intenté una vez más meterme a una sauna, la verdad es que el calor seco no me da felicidad. Cene escuchando música en vivo mientras conversaba con finlandeses que pasaban el fin de semana entre las hojas del parque nacional.

Empecé el día perdida, por más que buscaba no encontraba el camino al cañón del Parque Nacional Pyhä-Luosto. Subí, bajé, giré. Nada. Desesperada seguí a un grupo de turistas con la certeza de que nunca encontraría el cañón. Ciegamente me encaminé por senderos, escaleras y rampas de madera mientras platicaba con un señor que formaba parte del grupo. Súbitamente ahí estaba el cañón en todo su esplendor.  Caminé con el grupo hasta la cascada, donde me despedí para subir a la cima del cañón donde los colores se tornaban más cobrizos, el aire se congelaba y mi respiración era cada vez más agitada, entonces entendí el mensaje: no todo lo puedo controlar, a veces para encontrar el camino hay que seguir a la persona (o en este caso grupo de personas) correcto.

Salí casi flotando, me emocionaba mi introspección, caminaba sola y segura, entonces me volví a perder para que me quedara claro el mensaje. Me uní a una familia que me dijo que iba a la salida, caminaban lento así que me adelanté y sí, me volví a perder. Enojada con mi desorientación daba zancadas en el lodo, entonces unos renos se cruzaron en el camino. UNOS RENOS. A veces el camino equivocado me lleva a donde no sabía que quería estar.

Salí del parque agotada. Lo único que quería era llegar al siguiente lugar que estaba a más de 2 horas manejando. Claro que tomé el camino largo de casi 3 horas para pasar a el parque de renos Salla, no fue nada especial. Los renos estaban en época de apareamiento por lo tanto nadie se puede acercar. Llegué a encerrarme a una casita, esperaba encontrar comida en el hotel, pero no, tuve que ir a Ruka: un complejo de esquí donde sólo había un restaurant abierto. Necesito descansar, este ritmo me va a acabar.

Mi última noche en Laponia fue agridulce, no quería dejar atrás el ártico que dejó en mí tantas lecciones. El miedo siempre lo contrapongo al amor, como dos fuerzas que me impulsan, trato de guiarme por el amor, pero a veces escuchar al miedo es de sabios. La mezcla perfecta de los dos es el antídoto contra una vida cotidiana. Enfrentar al miedo con amor, amar las lecciones que aprendemos del miedo.

Itinerario

19/09: Oulu – Rovaniemi

  • Kilometraje en coche: 250 km
  • Tiempo de manejo: 4 horas
  • Caminado: 5.3 km
  • Paradas: Enviromental art park (Pappilantie 16), Kemi y Artikum
  • Noche en Rovaniemi: Arctic SnowHotel & Glass Igloos, Lehtoahontie 27, 97220 Sinettä

20/09: Rovaniemi – Enontekiö

  • Kilometraje en coche: 313 km
  • Tiempo de manejo: 4.5 horas
  • Caminado: 9.8 km
  • Kolari, Muonio y Parque Nacional Pallas-Yllästunturi.
  • Alojamiento en Enontekiö: Hotel Hetan Majatalo, Riekontie 8, 99401 Enontekiö, Finland

21/09: Enontekiö – Inari

  • Kilometraje: 360 km
  • Tiempo de manejo: 5.3 horas
  • Caminado: 7 km
  • Hetta Husky, Tunturi Särkitunturi y Lemmenjoki National Park
  • Alojamiento en Inari: Arctic River Resort, Näverniementie 17, 99800 Ivalo, Finland

22/09: Inari

  • Kilometraje: 83 km
  • Tiempo de manejo: 5.3 horas
  • Caminado: 7.5 km
  • Cultural and Nature Centre of the Sámi and Sajos y rápidos de Jäniskoski.
  • Alojamiento en Inari: Arctic River Resort, Näverniementie 17, 99800 Ivalo, Finland

23/09: Inari-Luosto

  • Kilometraje: 218 km
  • Tiempo de manejo: 3 horas
  • Caminado: 16 km
  • Parque Nacional Urho Kekkonen y mina de amatista
  • Alojamiento en Luosto: Ski-Inn Hotel Pyhätunturi, Kultakeronkatu 21, 98530 Pyhätunturi, Finland

24/09: Luosoto – Parque Nacional Oulanka

  • Kilometraje: 208 km
  • Tiempo de manejo: 3 horas
  • Caminado: 14 km
  • Pyhä-Luosto National Park y Salla Wilderness Park
  • Noche cerca del Parque Nacional Oulanka: Iisakki Village: 4 Myllylahdentie, 93820 Ruka, Finland

El libro que me acompañó

Memory of Water de Emmi Itäranta



4 respuestas a «Finlandia 2023: Laponia»

  1. Olé amiga! woooow! gracias por compartir tu alma y dejar un pedazo de ella en cada viaje! te quiero!

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    1. Gracias!! Te mando un abrazo enorme!!!

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    2. Enfrentar al miedo con amor, amar las lecciones que aprendemos del miedo.

      Y

      … a veces para encontrar el camino hay que seguir a la persona

      Eso es bello‼️ gracias

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      1. Grandes enseñanzas en Laponia! Me pone al límite de mi capacidad, y fuera de la zona de confort que es donde más aprendo!!

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