Burgos fue la primera parada, el bullicio de Semana Santa nos sorprendió después de andar por las calles que plácidas descansaban en la sombra de la catedral. Y la catedral, llena de una luz suave, eterna; extenuada ante al ejército de turistas que atónitos seguían la procesión. Escapamos al museo de la evolución, una sorpresa en la que arte, arquitectura y ciencia conviven para sorprender al escéptico. Escéptico de ciencia, escéptico de espíritu. Recorremos bares llenos de familias locales que saben disfrutar sin sucumbir al hechizo de la ambición, saciando el hambre con comida que amalgama mente y corazón.




Euskadi nos recibe solemne, afilado, digno: cómo sus montañas, cómo su gente. La ruta nos lleva por parques marrón, granito e índigo en espera de lluvia, ascendemos hacía el norte donde la brisa cambia y nos rodemos de valles verdes con flores amarillas, tejiendo frazadas que cobijan la tierra. El sirimiri vasco, una llovizna que enfría y estorba al turista, cambia el paraje. Todo es esmeralda.



En el camino desfilan cientos de nombres vascos: K, Z y X que se enredan en nuestras leguas al tratarlas de pronunciar: Lekeito, Zarautz, Gueteria, Ganitza, Lazkao, Ordizia, Zerain, Zegama, Oñati, Getxco, Plentzia y Barrika. Cada uno con su iglesia, pueblos medievales de piedra que sobreviven al tiempo y la modernidad. Hoteles rurales en los que caminamos entre caballos, ovejas y cabras que inundan la montaña con la sinfonía creada por las campanas que cuelgan en sus cuellos, un eco lejano de las iglesias que se empeñan a sonar desentonadas a través de los chubascos.



Bilbao lleno de arte. Una cama cómoda a unos pasos del Guggenheim y del Museo de Bellas Artes me llenan de felicidad, pero sobre todo un restaurant para el desayuno, una delicia de dulzura recomendado por el chef de un hotel rural. Me enamoré del Guggenheim, me enamoré de Bilbao.





Seguimos a Santander con calles que parecen cerrarse frente al cielo, pero la lluvia nos acosa y envía a un cuarto en donde las risas ahogan el grito de la calle empapada, intransitable, irreconocible. La sorpresa es encontrarse al día siguientes con el Palacio de Magdalena y la bahía del Sardinero, un suspiro en medio de la tempestad.


Al final San Sebastián: ordenada, elegante y limpia. Nos sorprendemos con el Museo Tabakalera que funciona como centro social, donde niños corren en pasillos y escaleras, los balones ruedan entre exhibiciones de arte y espiritualidad y en el techo un bar con vista espectacular alardea a la corona de Euskadi: San Sebastián que, con sus tapas, la Concha y el Museo de San Telmo narra la historia de un pueblo infalible que ha sorprendido: solemne, afilado, digno; como sus montañas




Deja un comentario